La importancia del vínculo madre bebé

La importancia del vínculo para el buen desarrollo del bebé
El bebé ha permanecido durante 9 meses dentro del útero materno, sin saberse uno en sí mismo, sino plenamente fusionado con el cuerpo de su madre. Durante todo ese tiempo el bebé no ha experimentado sensaciones “desagradables” como frío, hambre, sueño, sed… Simplemente todo aquello le era colmado. El bebé dentro del útero experimenta la sensación de ser contenido, abrazado continuamente y su piel recibe un continuo estímulo, la caricia del líquido amniótico. Por estar flotando en el líquido, el bebé no ha experimentado aún la sensación de vacío, de gravedad, de sentir el peso de su cuerpo. Los sonidos del organismo de su madre son la banda sonora que siempre lo acompaña, día y noche; además sonidos que vienen del exterior, le llegan más amortiguados, más suaves. La respiración de su madre se traduce en un movimiento interno que continuamente lo mece, y el movimiento y el desplazamiento de su madre, lo vive como un vaivén. El bebé crece en el útero de su madre en continuo abrazo y en continuo movimiento; con sonidos, con sabores, sin distinguir día o noche, todas sus necesidades colmadas. Pero de pronto llega un momento en el que ese dulce estado termina, el bebé nace y esas amables condiciones intrauterinas cambian de golpe, pero no así la adaptabilidad del bebé.
Tras nacer, el bebé no desarrolla inmediatamente la capacidad de adaptarse al nuevo medio y al nuevo entorno. No nace y ya está adaptado; sino que necesita un tiempo. Es más, para él ha de constituir un auténtico shock no encontrarse en ese ambiente en el que ha permanecido tanto tiempo, a pesar de que para él tiempo y espacio no existen, tan solo necesita que se reproduzcan esas mismas condiciones que dejó en el útero: abrazo, sostén, calor, movimiento, sonido de su madre, alimento… Y el bebé, al nacer, experimenta sensaciones que antes no experimentaba: sensaciones físicas (gravedad, peso, hambre, sueño, quietud) y también emocionales (miedo, angustia). El bebé recién nacido necesita tiempo para adaptarse a su nueva condición de bebé extrauterino, por eso la transición ha de ser lenta y lo más parecida a la experiencia intrauterina.
El bebé que nace espera ser recibido por esa madre que lo ha gestado. Espera seguir escuchando su voz y los sonidos de su organismo (latidos del corazón, respiración), sintiendo su presencia, recibiendo su abrazo (no ya uterino, pero sí entre sus brazos, cerca de su pecho). El bebé dentro del útero no lloraba, porque no había motivos para ello. Al nacer, su único medio de comunicación es el llanto. Con el llanto comunica a su madre que algo no va bien o que necesita algo (comida, bebida, calor, brazos, sueño, compañía, sonido, movimiento). Al final es el cuerpo de su madre el que puede colmar casi todas las necesidades del bebé. Pero además el cuerpo de la madre es el hábitat esencial en el que el bebé se va a desarrollar adecuadamente.
Según Nils Bergman, la madre es el hábitat del bebé y todo lo que no sea estar cerca de ella va a generar estrés en ese bebé. El recién nacido nace con una serie de programas (defensa, alimentación y reproducción) que permiten su supervivencia, pero siempre y cuando se encuentre en su hábitat. La naturaleza ha previsto que madre y bebé permanezcan juntos para autorregularse y para garantizar la supervivencia de la especie gracias a la protección física, inmunológica y neurológica de la cría. Estar en su hábitat asegura el programa de desarrollo del bebé, por lo tanto, estando en su hábitat el bebé sobrevive por sus propios medios; aquello de los que le ha dotado la naturaleza. El bebé que permanece cerca de su madre, piel con piel, se asegura una mejor oxigenación; el centro del pecho de la madre se convierte en un centro regulador de la temperatura del bebé. Puede llegar a aumentar hasta en dos grados su temperatura para calentar al bebé que se ha quedado frío o bajar un grado su temperatura para refrescar a un bebé acalorado. El cuerpo de la madre le ofrece la nutrición que necesita en cada momento de su desarrollo y además estimula su sistema inmunológico ya que se familiariza con las bacterias del cuerpo de su madre y le aporta anticuerpos a través del calostro.

Todo lo que no sea estar en su hábitat, es decir, cerca del cuerpo de su madre genera estrés en el bebé. Por un lado, esto supone que estará expuesto a gérmenes y bacterias ajenos que pueden producir infecciones. Por otro lado, en el bebé separado de su madre se genera una situación de estrés, ya que al sentirse fuera de su hábitat considera que su vida corre peligro. Ante una situación de estrés en el organismo del bebé se desencadena un torrente de hormonas del estrés que genera mayor gasto energético en su organismo. Las hormonas del estrés (adrenalina y cortisol), si permanecen de manera crónica en el organismo del bebé pueden llegar a resultar neurotóxicas y esto quiere decir que pueden dañar el cerebro. En edades tan tempranas como las de un bebé recién nacido en el que las conexiones neuronales están en construcción, esta neurotoxicidad puede acarrear problemas de aprendizaje y comportamiento y afectar a su vida emocional y social posterior.

Si se crean situaciones en que la madre no está con el bebé en el momento adecuado o no responde con prontitud a sus demandas, dichas situaciones pueden resultar estresantes para el bebé. Si éste siente que las personas de su alrededor no satisfacen sus necesidades, pueden invadirle sentimientos de impotencia y desamparo. En el caso de los bebés, el estrés puede adquirir la cualidad de trauma; de hecho sin la ayuda de los padres pueden morir.”
El amor maternal

Los susurros del cuerpo

Nuestro cuerpo es sabio y nos va lanzando señales cuando surgen desequilibrios. Tan solo hay que parar y saber escucharlo.
Los susurros del cuerpo son tan sutiles que en ocasiones hay que proponerse parar, silenciarse, replegarse para poder percibirlos. En los años que llevo como profesora de yoga he observado que una parte fundamental del yoga, la auto observación, está muy abandonada en la vida real, fuera de la esterilla en la que dibujamos asanas. Y lo está porque parte de los practicantes no se sinceran con su práctica. Es totalmente respetable que acudan a clases de yoga para relajarse y aliviar tensiones o dolores musculares, pero no entienden que conseguir ese objetivo de bienestar es consecuencia de un buen estudio y corrección de su postura y de una adecuada respiración, sin olvidarse de que han de conectar con su cuerpo también fuera de la práctica. En la vida diaria la gente camina, se sienta, se tumba de cualquier manera. No se observan, no se miran, no se sienten. Si esto es así entre entre ciertas personas practicantes habituales de yoga, entre los que no lo practican es aún más intenso. Se ve a la gente tirada en los asientos del metro y autobús, con el pecho hundido, las piernas flojas, los pies torcidos, las mandíbulas prietas… También hay gente que lleva una actitud corporal más relajada, más armónica, pero casi siempre se observan tendencias en la postura que dan mucha información sobre su estado psicológico y emocional.
En una ocasión en la que iba en un autobús y éste se detuvo ante un semáforo, vi parada en la calle a una mujer que estaba aferrada al brazo de un hombre, supuse que sería su marido. La mujer tenía el rostro magullado y creo recordar que un brazo escayolado. No sé qué le debió suceder, quizás un accidente. Me llamó mucho la atención la expresión de terror que tenía, el rostro crispado al máximo, los ojos desorbitados. Su respiración estaba agitadísima y era exclusivamente clavicular. Se veía como sus clavículas subían y bajaban rápidamente, sin que su tórax ni su abdomen experimentaran movimiento. Su cuerpo se estaba expresando. No sé si esa mujer estaba experimentando un ataque de pánico, pero su cuerpo y su respiración daban un claro mensaje: tensión, colapso y terror. Este es sin duda un caso extremo; la mujer estaba sufriendo. Pero en condiciones normales, cuando vamos caminando por la calle, en el transporte público, en el trabajo, en el hogar, los cuerpos dan muchísima información.
Nuestros cuerpos nos hablan, nos envían mensajes, solo que en muchas ocasiones esos mensajes nos pasan desapercibidos. Y al final, solo nos ocupamos de nuestro cuerpo cuando el mal ya está hecho y aparece el dolor. Dolor al que se le da la solución fácil tomando una pastilla, porque no queremos sufrir, porque queremos seguir con nuestro estilo de vida, apresurado, rápido, de “lo quiero ya y lo quiero ahora”. Entramos en un círculo vicioso en el que el cuerpo se queja, nos dice “oye, que me encuentro mal, haz algo” y nosotros lo acallamos con la dulce pastilla, sin investigar, sin indagar qué era aquello que nos quería decir nuestro cuerpo. En este sentido el anuncio de una compañía de seguros médicos de hace unos años era muy gráfica: a través del correo electrónico (aún no estaba en boga el whatsApp) una mujer recibe varios mensajes de su cuerpo diciéndole que tiene una piedra en el riñón. Le avisa de que por el momento es pequeña, pero que como no preste atención y ponga medidas se va a convertir en un pedrusco.
Nuestro cuerpo tiene muchas cosas que decirnos.
Escuchémoslo.